Julio Anguita, el hijo rojo de Averroes

(Artículo actualizado el 16 de mayo del 2020). 

Por Emilio Roldán. El pasado viernes, nos acostamos tan tristes como asustados con la noticia de que había sido hospitalizado, debido a una parada cardiorrespiratoria, nuestro compañero Julio Anguita, el cual hoy, a la edad de 78 años, ha fallecido en su Córdoba natal.

Al recibir como jarro de agua fría dicha misiva, se me vino a la cabeza la primera vez que oí hablar de un tal Julio Anguita, que había sido durante años alcalde de Córdoba, y antiguo dirigente de un PCE y de una Izquierda Unida que andaban desde hace tiempo entre los estertores de un presente desesperanzador para sus objetivos, vadeando en una sociedad en donde el aliento combativo parecía, a los ojos de la mayoría, estar representado por personas venidas de otros planetas. Recuerdo cómo me abrumó su fina retórica en aquel discurso antológico que declamó como homenaje al Nobel Saramago en el 99 y que aún mantenía plena actualidad, en donde proclamaba la vitalidad del mensaje anticapitalista, denunciando los mecanismos de alienación que los medios de comunicación utilizaban para mantener al Pueblo sentado en su mecedora.

Aquel hombre de barba peregrina, mirada de pulsión pagana, de voz grave y dueño de una templanza solemne convencía a propios y a extraños disertando con un dedo alzado hacia lo imperativo sobre la necesidad de construir una alternativa fuerte, unida y amplia frente a los postulados del Tratado de Maastricht. Aquella exitosa estrategia de los cabecillas de la desalmada UE le destinaba a España una pérdida aún mayor de su soberanía y la siembra de un nuevo paisaje natural para sus ciudadanos, tristemente desindustrializado, en donde nuestros jóvenes más formados ponían copas y servían paellas en terciarias y precarias labores costeras.

Julio siempre supo conjugar el clasicismo con la vanguardia. Aventuró con premura agudeza desde su estrado, ajeno a púlpitos y a soportales, y lleno de olor a naranjos campesinos, la nueva crisis cíclica que en su lógica aguardaba el capitalismo en la burbuja que unía el cemento de la codicia con los ladrillos, desempolvando citas de Marx y de Rosa Luxemburgo. Venido desde un pasado tan remoto como cercano, en donde el tiempo en sus ideas tomaban sentido, Julio, hijo de vencedores, encontró, durante su juventud, en su formación cristiana y pasando por la lucha anarquista, que su sitio se hallaba enrolado en un Partido Comunista que veía, ante una decadente URSS, desalmada y deconstruida décadas atrás en su propio vientre, el impulso para luchar desde el Mediterráneo contra la necedad del ruido anciano. Aquello conllevaba situarse en el peligro de denunciar un mundo sombrío estando del lado de los dominados, persiguiendo un sueño que lo desvelaba, tan semejante a aquella voz apasionada de la poesía de San Juan de la Cruz que tanto lo cautivó en su adolescencia.

La Transición nos dejó liberados del yugo represivo, pero se huyó de la hoz una vez más y a la carrera; los Pactos de la Moncloa supusieron el preludio de tener que cargar con una mochila ajena como horizonte cuyo peso ralentizaba nuestro camino hacia el victorioso mañana. Frente al lecho de muerte de su admirada Pasionaria, en noviembre del 89, reivindicó la viveza de una lucha que es bella y apasionadamente humana cuando se prolonga durante toda una vida con ejemplo vivo y puro. Un comunista ha de mirar con detenimiento al Pueblo gracias al cual florece, como el padre que no deja de pensar en un hijo del que no ha de separarse nunca porque es carne de su ser, viva llama de un futuro que se nutre de memoria. Los tiempos pasaban, caían los últimos dirigentes republicanos de los tiempos de la guerra y el Partido tejía su abrigo desde el recuerdo, olvidándose poco a poco de los botones que le otorgaban sentido en el presente, alejado de una tradición marxista con la que jugaba al escondite.

Para los ojos de varias generaciones, Julio Anguita ha sido un Galileo perseverante, abierto al debate con cualquiera y cuantos quieran, con un cuaderno de notas lleno de ruegos y de preguntas, en las que citaba desde su noética averroísta a Garcilaso, a Lenin y a Galdós para hablar de la vida cotidiana de los de abajo. Mostrando siempre una actitud firme y a la vez respetuosa, siempre ofreció en los debates su cercanía de hombre sabio, abierto como las puertas de su hogar, con su mesa camilla, la intimidad de su vida seglar y el cuidado de sus canarios.

El mejor maestro es el que nunca deja de aprender, el que alimenta su discurso de preguntas. Mandamos desde aquí un fuerte abrazo y nuestro pésame más sincero a la familia de un buen hombre, el cual, a través de su lección de habla cercana, enseñaba diariamente a su mestiza España, que atendía en silencio a su cincel de primor omeya y guiño popular. Que la tierra te sea leve, Julio.

 

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